jueves, 7 de febrero de 2013

Antípodas.


Antípodas.
       El Adagio para cuerdas de Samuel Barber clasifica entre las piezas más tristes de la música clásica. Fue el tema que acompañó, en 1945, el anuncio radial del fallecimiento de Franklin D. Roosevelt. Y es el trasfondo en tono de gemido que se impregna usualmente a las imágenes de los atentados terroristas del 9/11. Sobrecoge tanta amargura, pero también conmueve por la impecable factura de estilete sonoro y es que, deduzco, era esa justamente la intención de Barber: herirnos. En las antípodas del Adagio para cuerdas de S.B; sonríe el 4to acto de la Obertura Guillermo Tell de Gioachino Rossini, última de sus Óperas. Un canto a la desmesura, una avalancha del frenesí, un ordenado  desconcierto sonoro que dispara los deseos de lanzarnos en estampida hacía cualquier lugar porque en ese último paso de la Obertura lo que cuenta es el impulso, las ganas, porque el propósito no es otro que multiplicar los motivos por los que vivir. El llanero solitario no me dejará mentir.
 
 
 
 
 

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