viernes, 17 de junio de 2011



Obituario

Se murió Juan Sin Tierra, se nos fue en un pestañazo de la nada temporal a la nada eterna y ni caja digna hubo para soterrarlo. Una gaveta remendada a serrucho y martillazo limpio le dio cobija estable bajo la grama del cementerio obrero, ¿o era un potrero aquello? Un entierro de pobre se decora con poca gente, poca lágrima, cero fanfarrias y si hoy te vi mañana no me acuerdo porque el pico, la pala, el cemento o el azadón, me tienen las neuronas tragando mierda desde que existo. Faltó tiempo para el remiendo mental, para tapar el hueco emocional que Juan Sin Tierra dejó, en fin, para aceptar la ausencia con serena reunión familiar, novenario, chocolate caliente y cuanta porquería ritualista se le pueda incorporar al performance. Y es que pareciera que en casa de pobre la vida corre con cuatro piernas y aunque falte Juan Sin Tierra en este amanecer, los que quedamos en pie, para comer mañana tendremos que doblar el lomo desde primeras luces de hoy. Se murió Juan Sin Tierra y nadie ha dicho ni esta boca es mía. No se imprimió esquela, no corrió tinta de imprenta con el nombre Juan Sin Tierra en página de Obituario. Pero ¡ayy!, si se nos muere Juan Con Tierra el asunto es casi un protocolo gubernamental. Para que sane la herida familiar será necesario hacer que la vida quede paralítica un buen rato en esa estación, y si hay voluntad y el dinero alcanza, también será necesario aplicar los frenos al eje de rotación de la Tierra y detener el tiempo. Pero aunque esté detenido habrá tiempo para eso y para asquearse de tomar chocolate caliente. Ahora el vademécum indica que es momento de ponerse pilas. ¡A correr liberarles! que son las tres de la tarde y tenemos disponible una porción pequeña de aquel que detendrán para rendir tributo al finado en la plana mortuoria del siguiente día. Recuerda que la banda magnética va hacia afuera; apúrate que el tiempo es oro; quítale medio millón de colones a la tarjeta, que Juan Con Tierra merece media página de dolientes. No importa que Juan Con Tierra, profesional o inexperto, no rebase en razón popular las fronteras de la verja del jardín de su casa, los bancos del templo, las mesas del aula o las paredes – de gipsum – de la oficina. No importa que Juan Con Tierra pasara por la vida dejando huella tan fecunda como la huella que deja una carreta de bueyes en día sin aguacero. Lo que importa es que murió Juan Con Tierra y no puede faltarle un espacio notable allí donde mejor está: en las páginas muertas de cualquier diario.

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