Soy de los jóvenes y de los viejos, de los inquietos y de los discretos/Indiferente a los demás, atento para con los demás,/Maternal, paternal, niño y hombre.
(Walt Whitman. Canto a mi mismo)
Desde jueves o viernes de la semana anterior no abría
mi página de Facebook. Esa portezuela, acaso la única que tengo, de acceso al bochinche. Tampoco estuve acá en el blog, pero ya vuelvo. Fue una ausencia, digamos,
productiva. Leí bastante. Y hablando de lecturas, entre los títulos que recomiendo en primera
instancia para desgastar a gusto la retina: La condición humana (André
Malraux), Bajo el volcán (Malcolm Lowry), Un día de la vida de Iván Denisovich
(Alexandr Solzhenitsyn). Escalones más abajo: En el camino (Jack Kerouac) Dato
curioso, – de desvarío – finalmente logré sentir, ¿definir?, la sensación que,
intensidad más, rechazo menos, debe experimentar un extraterrestre cuando llega
a la tierra: estuve en un mall, el domingo.
A mi vieja amiga Yane –
que no es lo mismo que una amiga vieja – le diagnosticaron un cáncer el 1ro de julio. Desde entonces comenzó a padecer, y a luchar.
Para mí, no hay consuelo más innoble que aquel que remedio no ofrezca. Y aunque
no me ajusto a ese modelo de terapia, intenté animarla lo que pude. Pero la
vida suele en ocasiones “distraerse” demasiado y perder el camino sin encontrar
la manera de revertir el yerro. Las implicaciones psicológicas, los periodos de
zozobra que a no dudarlo, provoca este tipo de imprecisión del destino, en su
mayor grado solo ella pudo registrarlos. Y solo ella pudo sentir con cuanto
rigor sufre el cuerpo en situación semejante. El día que la conocí en la
Universidad de La Habana, hace más de veinte años, casi una niña entonces, casi
un niño yo, sentí un amarrón en el pecho que me duró una noble
temporada. Compartimos un hambre de globo terráqueo cuando menos incontrastable.
Pasaron los años y nunca perdió los arrestos, conoció medio mundo, amó y algo
que es casi mejor: se dejó querer. Como en cualquier otro sapiens, el hambre de
vida era también estandarte para ella. Fue lo que todos en primera y última
instancia somos para casi todos: uno más en la marea de los nombres sin rostro.
Una a la cual las plazas de Madrid, los recovecos de Roma, las calles de Nueva
York, los suburbios de Monterrey, no echaran de menos. Ni falta que hace, porque la
van a extrañar sus hijas queridas, sus padres, su esposo, su familia toda. Y
también la vamos a extrañar sus amigos y los cañaverales de Camagüey.
La voz me recuerda a Amy
Winehouse y hasta su aire se da. Pero la verdad es que todavía no sé bien qué
es lo que canta ella porque cuando la veo las orejas se me convierten en otro
par de ojos y la cabeza se me hace tiritas, se me desajustan los pensamientos, se
me deshacen como los fideos que por accidente caen desde un caldero de agua hirviendo
y se desparraman por el piso de la cocina. Nada, que me descojona la psique
esta mulata linda, vaya, para decirlo como es.
Nicolás – alias El
Plátano – se pasó de maduro. Propuso incluir el término millonas como nueva palabra en el diccionario de la RAE y pidió
hacer votos litúrgicos por la multiplicación de los órganos de cópula
masculinos, de los falos, de los penes, vaya, para decirlo como él. No aclaró las
vergas de cuales especies orbitaban en su pensamiento pero supongo que la
nuestra era el astro rey. A mí no me asombran estos desaciertos. Cualquier disparate
se puede esperar de un graduado del matadero de ideas Ñico López, la escuela “del partido” de Labana. ¿Qué va usted a pedirle a un pica tickets del metro de
Caracas? Un olmo no da peras ni a palos. Bastante hace, el pobre, para oxigenar
el socialismo bolivariano. Bastante poco.
LQQD (lo que queda demostrado): ¡Se puede llegar nadando!
Una señora, ¡adulto
mayor!, o casi, llamada Diana Nyad (64 abriles) completó a nado la ruta entre Labana, Cuba y Cayo Hueso, al sur de
Florida, Estados Unidos de América. Dos días, 160 y pico de kilómetros dando brazadas.
¡Qué bestia! Cuando llegó a Cayo Hueso, entre otras cosas, dijo: nunca renuncies
a tus sueños. Así es que ya tienen consuelo de repuesto los habitantes de la Antilla
más grande. Se pueden meter una vida entera tratando de salir de allí por los métodos
ortodoxos pero si a los 64 años aún no lo logran, les queda la opción de
intentarlo a nado.
Ocaso. Un documental cubano de Ulises Hernández Expósito.
Ocaso, un documental
de Ulises Hernández Expósito sobre la cara fea (¿hay otra?) de la realidad, de la vida en
San José de las Lajas, un pueblo cubano, cualquier pueblo cubano. Un documental con arreboles de
pantalla cotidiana, sin celuloide pero trunca, porque una de las historias que nos cuenta – la de la
muchacha drogadicta – se apega más al teleplay,
al teatro, y menos a lo ordinario. Y es una lástima, porque tan digna es la
crónica del resto de los “personajes” que, más allá del parentesco visual, sonoro,
de criterio, con la habanera suite de Fernando Pérez, si no conmueve por lo
menos inquieta. El parlamento de Ulises y esa estampa medio onírica al comienzo
del mediometraje, creo que nada aportó a la película; pero esta se recompone
sobre la marcha, se equilibra y finalmente, ella misma se recompensa. Y si bien
es cierto que tuvo un soporte digamos paterno, aquel que legó Fernando Pérez,
el asidero en algún punto se fractura para (aunque parezca atrevido decir esto)
rebasarlo. Y ahí están para demostrarlo esos desnudos, más que humanos, casi
pictóricos dentro del drama en que se insertan. Por lo demás, lo único que, se
me ocurre, explica la presencia a toda costa del relato de la drogadicta, aun
sabiendo Ulises – como supongo notaría – que cojeaba por manierista, es el
empeño por mostrar el asunto. Pudo haber trocado ese tema por otros también en
llagas allí: la prostitución, el proxenetismo, la ambivalencia moral. Al menos
en las dos primeras ronchas, “personajes” para asumir la tarea no faltarían. Y
si el empeño en contar la tragedia de la toxicómana era inamovible, pudo haber trocado
una actriz por otra, por otro. De todas formas, la secuela del trabajo es de
una dignidad evidente, y eso es lo que cuenta.
Mario Benedetti, un
uruguayo cuyo mérito en vida consistió en demostrar, con sus constantes
ataques, que la literatura posee un
poder de supervivencia descomunal, alguna vez escribió este coctel molotov: me gusta la
gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las
cosas…y por ahí. Parece que eso de referirse al tipo de gente que nos gusta es
asunto viral. Jack Kerouac, el líder evangélico de la Generación Beat y de aquellos
desaliñados beatniks que abrieron el paso al movimiento hippie y a la
revolución sexual, en su novela En el camino, escribió: (…) la única gente que
me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por
hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que
nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde…y por ahí, también. Aunque
el yanqui , en obra, parece más apegado a la dignidad literaria, creo que en algún
momento se dio la mano con Benedetti . Nadie es perfecto. No me apunto en el
bando de los vibradores ni de los que se carbonizan. Paso con ficha.