miércoles, 16 de mayo de 2012

En alta mar.


En alta mar.  

            El ambientalista, Paul Watson, capitán del barco Ocean Warrior, fue detenido en Fránckfort, Alemania, por una orden internacional de captura emitida por las autoridades judiciales de Costa Rica. Se le acusa, en resumen, de navegación temeraria y agresión en alta mar a un pequeño barco pesquero costarricense. Las consecuencias – todas para el pesquero – de la escaramuza naval: más agua de la habitual sobre cubierta dado el chorro a presión a que los sometieron, un dedo  pulgar partido, tres arañazos sobre un juego de costillas y el descascaramiento de la caseta del capitán. Son conocidos los esfuerzos, la incansable batalla que Paul Watson y su gente libran en ara de proteger el hábitat marino, pero también son de dominio público sus métodos de lucha poco ortodoxos. Según el sucesor patronímico del personaje de Conan Doyle, el barquito costarricense pescaba escualos para lucrar brutal e ilegalmente comerciando aletas dorsales de tiburón. Según dueño y marinos del Varadero I, que así se llama el pesquero de marras, ellos estaban pescando “cualquier cosa”. Cualquier cosa puede incluir tiburones y la práctica del aleteo. No hay que ir muy lejos, apenas llegar hasta el tele más próximo a su campo visual y sintonizar un par de canales, digamos Animal Planet, digamos National Geographic, para corroborar un par de sucesos: las agresivas y temerarias técnicas de defensa del entorno marítimo de Paul Watson y la práctica extensiva del criminal aleteo de tiburones en aguas centroamericanas. Entonces, ¿quién tiene la razón?, ¿qué sucederá con este legajo de dimes y diretes? No debemos nublarnos la vista con una ceguera romántica al estilo “salvemos el planeta” ni con un glaucoma de billetes que obnubile nuestros pensamientos. Los dos contendientes tienen motivos para incriminarse, ambos tienen un poco la razón. Paul Watson debería mejorar sus modales, su educación formal en alta mar. Los marineros del Varadero I deberían ser más honestos y procurarse el sustento como cualquier hombre de mar y no buscando filones de oro. La más sensata de las soluciones, la salomónica, diría yo, podría ser una disculpa pública de Paul Watson, la aceptación de las mismas por el bando opuesto, y aquí no ha pasado nada.