domingo, 7 de agosto de 2011



La realidad del otro lado.

Gabriel García Márquez se ha pasado la vida diciendo que escribir una novela es pegar ladrillos y escribir un cuento es vaciar en concreto. Ha dicho también que la frase no es suya, pero de tanto repetirla sin reclamos de autoría, quizá termine creyéndola patrimonio personal. Augusto Monterroso dijo que el escritor es alguien carente de sentimientos, de lo contrario sería incapaz de meterse en semejante oficio. Cuando García Marquez escribió El otoño del patriarca, pegó ladrillos y levantó un edificio. Para lograrlo tuvo que hacer un experimento previo, un intermezzo que le permitiera sacudirse el cemento que se adhirió a su cerebro después de 100 años de soledad. Del ejercicio salió el volumen de vaciados en concrerto La cándida Eréndida. Y después llegó El otoño...sin invierno para el creador, por suerte para medio mundo. No era fácil mantener el listón a la altura del record mundial que registró 100 años de soledad; pero El otoño del patriarca fue un buen salto con garrocha, y un buen ejemplo de albañilería creativa. Siempre hubo alguien que pateó el libro, pero también los hubo dispuestos a recogerlo de la acera. De todas formas a Gabriel García Márquez, seguidor inconsciente del precepto del Decálogo del escritor de Augusto Monterroso, no le dolió tanto la decepción ajena porque no experimentó la suya. Y una oración tras otras, un párrafo después del otro, siguió engranando mentiras que ya son verdades de culto en los estantes de cualquier librería, y en los años de cualquier siglo. La escritora argentina María Esther de Miguel dijo que la imaginación permite ver como es la realidad del otro lado. Escribir, y en el proceso generar literatura como arte, es la forma más concreta de llegar a esa otra orilla.

jueves, 4 de agosto de 2011



El 31 de Julio murió en México D.F el escritor cubano Eliseo Alberto Diego. Lo sabía con serios problemas renales, recién operado, pero no imaginé que la parca se atreviera a tanto. Apenas tenía 59 años. Le admiré de lejos, anónimo, como a otros tantos, y como tantos otros. El lunes en la mañana, hojeando a la carrera las páginas muertas -Obituario -del diario La Nación, de Costa Rica, tratando de saltar a todo gas ese obstáculo pestilente que separa las páginas de Opinión de las deportivas, vi su rostro y rebobiné. Me dolió triple verlo allí, por la mala nueva, por el pliego inútil donde lo colocaron y por la caterva de Don Nadies con los que le obligaron a compartir camposanto. Pero así de mierdera es la muerte, te desahucia en cualquier rincón. Eliseo Alberto se hizo escritor cuando todavía no lo era, por una mentira que le obligó a escribir una novela que no existía cuando la pregonó. Antes de aquello ya se enredaba con la poesía, pero dado el padre que le tocó, lo aconsejable era mover la palanca en el cruce de rieles, y explorar género literario no afín al progenitor, y así lo hizo. Fue un relator sistemático, incisivo, del dolor que sentimos aquellos que venimos de ese piano que alguien toca detrás del horizonte, para decirlo como él. Se nos fue cuando más falta nos hacía y le hacíamos. Pero ahí están sus libros, para sobrevivirlo. Hace dos años y mitad de un tercero escribí algo por acá sobre Caracol Beach, la novela con la que Eliseo Alberto Diego ganó el Premio Alfaguara de Novela en 1998. Que menos puedo hacer por él que traerlo de vuelta desde su legado y mi atrevimiento.

lunes 16 de marzo de 2009


Caracol Beach

En 1998 el escritor cubano Eliseo Alberto Diego ganó, apiñado en el pedestal con el ex vicepresidente nicaragüense Sergio Ramírez (Margarita está linda la mar) la primera convocatoria del Premio Alfaguara de Novela con Caracol Beach. Desde la publicación de su primer libro – más incómodo que literario – fuera de Cuba, Informe contra mi mismo, en el que detallaba la macabra trama en que la Seguridad del Estado Cubano decidió involucrarlo, sirviendo de espía contra su propia familia, los ojos del quórum se posaron en su anatomía. Con Caracol Beach el escritor tuvo la ocasión de retomar de inmediato la tabilla de Tot. El miedo, la locura, el perdón y la muerte son temas que en la novela se convierten en atributos estructurales. No lo digo yo, lo dice en la contraportada del libro el jurado que inclinó la balanza a favor de esta novela. Pero hay más que eso en Caracol Beach. La desgarbada imagen del antihéroe se pasea de principio a fin, no solo en la desajustada memoria impresa y actos del soldado Beto Milanés, sino en el trazo sicológico y la conducta de todos los personajes que soportan el peso dramático de los acontecimientos. Mientras más firme el crescendo de los sucesos, más nítido el desmoronamiento. Adiós a las armas, de Hernest Hemingway, coloca una pauta de ícono en la distancia, apenas como reminiscencia del clásico antihéroe; pero el libro Sur: Latitud 13, del cubano Angel Santiesteban, ofrece una comunión temática cercana a una parte del territorio que delimita Caracol Beach : el reflejo de la guerra – de la misma guerra en ambos libros ¡! – como tragedia y no como contienda heroica. El dinámico ritmo y eficiente lenguaje de esta novela la convierten en un thriller hojeable que apenas deja tiempo para rascarse la cara mientras las páginas se van agotando, tristemente, una tras otra. Y es que Caracol Beach es de esos libros que tienen la rara virtud de hacernos desear que no terminen nunca. En esos barrios y caseríos costeros del Sur de La Florida, en Cienfuegos, o en Ibondá de Akú 18 años atrás, cada uno de los personajes desdibujó un canon arquetípico a lo largo de la historia que nos contó Eliseo Alberto, pero Lázaro Samá, el insondable teniente de ébano, justificó en su papel la pieza sincrética y alegórica del pastiche : Lorenzo Samá, Obbedimeyi en la Regla de Ocha, fue relevante promotor de la Santería en La Mayor de las Antillas a finales del siglo XIX. Un dato que no debe pasarse por alto porque en esta novela la brisa del mar bate hacia tierra en todo momento y ese aire de nostalgias nos recuerda siempre – en aguafuerte del escritor – que Cuba es un piano que alguien toca detrás del horizonte.

lunes, 25 de julio de 2011



En contra de los aviones…y del arte de escribir.

Noche del sábado 23 de julio en San José de Costa Rica, noche de rondas. Bar Rayuela. Dos tipos conversan cerca de mí. Uno al otro se desgranan, desde un sui generis monólogo a 2 voces, en mutuos elogios y presentaciones cuasi curriculares cada vez que una mujer se acerca a la barra, que es allí donde estamos. Uno de ellos ofrece un libro a la joven de turno en el mostrador como si fuera una cerveza o una copa de vino lo que ofrece. Ella lo rechaza y se me ocurre pedirle el libro para “tirarle un vistazo”. En contra de los aviones, leo, de Juan Murillo. A la flaca luz del sitio me lanzo con el primer cuento. ¿Literatura para niños? No me parece, según la nota de la contratapa. Voy al segundo y el tono cambia, se endurece. Salto al último cuento: En contra de los aviones. Tres cuentos – es por decir algo – de seis. Alcanza para formar criterio. Devuelvo el libro. En ráfaga, el prestamista pregunta, responde y se presenta. ¿Qué te parece el libro? Literatura con flecos – Cortazariano el hombre, por algo estamos donde estamos – Mi nombre es Geovany no sé que, soy escritor, crítico y asesor literario. Escribo para el periódico ¿?...Atiendo un taller literario con más de 70 talentos. – ¡70 talentos! –Tengo que escribir un artículo crítico sobre este libro, el autor es enemigo mío, pero es un buen escritor. Literatura con flecos pero buen escritor. Mmm. Hay algo raro aquí, pienso. Todavía no he dicho ni esta boca es mía. Y tiempo me otorgará el orador, apenas, para hacerle saber que esta boca es mía y que escribir no es colocar buenas ocurrencias una junto a la otra, con el soporte técnico de los signos de puntuación. Apenas eso diré, porque tiempo para más no habrá; el enemigo de Juan Murillo se levantará y se irá con el compinche y con su rumba a ocupar otra porción de la noche. Concluyendo a medias: al Giovanni Boccaccio tico no le pude decir lo que pienso de los tres cuentos que leí del libro En contra de los aviones, pero me voy a aliviar aquí, trocando en palabra escrita el meandro mental; y quién sabe si aquel exégeta del Bar Rayuela encuentra por este rumbo y sin querer hacerlo, la respuesta de su pregunta…escribir no es colocar buenas ocurrencias una junto a la otra, con el soporte técnico de los signos de puntuación. – por ahí me quedé el sábado– Sobre todo con el abuso del punto y seguido, la coma y coma usted caliente de vez en cuando. Según Editorial Costa Rica, En contra de los aviones es un libro de cuentos. Y podrá ser el autor muy post postmoderno y muy asqueroso en su realismo, pero no alcanza con una escaramuza histriónica para otorgarle a este libro el género literario que se le cuelga. Si vas a escribir un cuento, no hay más opción que contar una historia. Cuéntame una historia, y sobre ella, o dentro, coloca todas las ocurrencias de que seas capaz. Primero demuestra que sabes hacerlo como reza el manual, después inventa. Una cadeneta de frases ingeniosas no alcanza para fabricar un cuento. Y el género Ocurrencias, al menos dentro de los literarios, y hasta donde sé – que tampoco es mucho – no existe. De tan entrecortado que se torna el estilo de En contra de los aviones, el escritor termina convirtiéndose en Jack, el Destripador de su propia obra. De Juan Murillo no he leído nada más. En obra, escritores costarricenses de ahora mismo conozco si acaso diez. Y es que las reservas que tengo con la literatura de esta provincia centroamericana son similares a las de Venezuela en hidrocarburos fósiles. Al final me ha quedado la trágica impresión de que hubo un error de imprenta, y que los cuentos – es por decir una palabra – que leí del libro En contra de los aviones, no pueden ser los mismos del libro que reseñó en contratapa, quién sabe que ingenioso amanuense en Editorial Costa Rica.

jueves, 21 de julio de 2011



Dos novelas de Ernesto Sabato.

No siempre un nombre alcanza para llenar las expectativas. Hace unos cuatro o cinco años leí El túnel, novela del finado Ernesto Sábato, alabada hasta el asco por la crítica literaria. Me gustó a medias ese hálito de sordidez y la atmósfera desquiciante en que se mueve el personaje protagónico y por tanto, la novela. Y es que historia que contar había poca allí, porque El túnel es novela de introspección psicológica. Me pareció más un manual sobre actitudes erróneas, para estudiantes de psiquiatría, que un asunto literario. No obstante, criterios de la novela puede haber tantos como lectores haya tenido. El asunto es que tratando de llegar a un juicio más ajustado al canon, ahora leyenda, me atreví con una segunda novela de Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas. Pero lejos de torcer el ángulo de enfoque, lo único que conseguí fue reforzarlo. Sobre héroes y tumbas es más de lo mismo que ya conocía desde El túnel. Solo que al tostadero de cerebros se le agrega en esta faena el ingrediente femenil. Eso fue toda la novedad. Novela espesa, reconcentrada, metatrancosa, Sobre héroes y tumbas es ese libro que se nos vuelve interminable entre las manos porque no vemos ni en la distancia la feliz hora de terminarlo. Quizá en contra de Sobre héroes y tumbas gravitó la lectura que le precedió: La guerra del fin del Mundo, de Mario Vargas Llosa, lo mejor que en palabras he consumido en años. Tal vez es más fácil concebir dos rascacielos, uno al lado del otro, en una misma calle de Chicago o de Nueva York, que en una mente humana.

martes, 19 de julio de 2011




100 años del fin del mundo.

La guerra de soldad.

A finales de la década de los 60 Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa eran ya los capos entre los escritores latinoamericanos que por asalto tomaron París y Barcelona. El Negro, como entre jocosa y despectivamente le llamaban al colombiano en el ambiente literario español, se paseaba por los salones, auditorios, ramblas y paseos de las ciudades Condal y Luz con un overol azul de mecánico al que solo le faltaron un par de manchas de grasa para redondear una impresión errónea del creador. Y de peines no conocieron en esa época sus sortijudas greñas. A El Negro solo le interesaba escribir, y no fueron pocas las ocasiones en las que estuvo a punto de salir desnudo a la calle ante la falta de reparo por la ausencia de vituallas textiles sobre la piel. Mario Vargas Llosa, El Indio, según la claque literaria ibérica, era la antítesis de Gabriel García Márquez. Pelo engomado las 24 horas del día, pantalón impoluto con bordes cortantes; saco de vestir, camisa de mangas largas, siempre por dentro del pantalón y mejillas como nalgas de bebé. Amigos como eran por aquel remoto entonces, compartían hasta las mujeres. Aunque a Vargas Llosa solo le interesaban en serio – y le interesan – las hembras del patrimonio familiar, según broma que alguna vez le gastó Carlos Barral, el poeta y editor catalán. Anecdótico resulta el hecho que Carlos Barral fuera al mismo tiempo héroe y villano en su relación con los dos genios-mandamases del boom latinoamericano: descubridor y amigo eterno de Vargas Llosa y detractor acérrimo de García Márquez. Lo mismo que La ciudad y los perros; 100 años de soledad pudo haber visto su cuerpo editado por primera vez en Seix-Barral, porque una copia virgen de la novela llegó en primicia a las manos de Carlos. Pero aquel la rechazó de un tajo y sin contemplaciones. Llegó a decir incluso que Gabriel García Márquez no era más que un simple narrador oral emparentado con el norte de África, o algo así. Es obvio que Carlos Barral se equivocaba. En 1967, en Argentina, Editorial Sudamericana se llevaba los honores con la primicia de 100 años de soledad. De todas formas a García Márquez no le importó demasiado la actitud y comentarios de Carlos Barral; y es que el colombiano presentía, o acaso sabía, que a su nombre el tiempo le reservaba un peldaño inalcanzable para el nombre del español. Los escritores ibéricos del momento rindieron armas sin presentar pelea ante la pegada demoledora del tándem El Negro-El Indio y su cohorte de maestros de obra. Si acaso asomaron la cabeza en la península y mirando siempre de abajo hacia arriba: Camilo José Cela, Juan Goytisolo, el poeta José Hierro y quizá alguien más que ahora se me escapa en esta básica enumeración. Eran tiempos en los que Mario Vargas Llosa se peinaba su engomado pelo 17 veces al día y Gabriel García Márquez se paseaba en overol de mecánico por media Europa con una sonrisa de oreja a oreja y unas ganas incontrolables de soltar en cualquier parte su mamadera de gallo.

sábado, 16 de julio de 2011



Con el amor en el fondo .

A mediados de semana y como espectador en segunda fila vi un horror de programa que transmite Canal 6 de Costa Rica. Algo así como una revista matinal Vanity Fair desencuadernada. Un bodrio televisivo en cámara lenta, dietético, bajito de sal. Sin condimento ni condimentador, se escurre por la pantalla como un bostezo. Son instantes en los que, a falta de interés mayor, uno repara en las características físicas del aparato, en la decoración del lugar, en el estado del tiempo si tenemos a mano una ventana o una puerta abierta a exteriores. Y de vez en cuando – por que no – nos agraviamos con la pantalla del tele. Durante esos instantes de masoquismo que algunos tenemos, escuché – y vi – que se hablaba en la revista de marras acerca del afecto, atenciones y merecido lugar que requieren los ancianos dentro del núcleo familiar. Entre frases inconexas, superfluas, a veces casi unimembres y de dudosa gramática, tanto del moderador, o conductor ¿de buses? que llevaba la revista, como de la psicóloga y especialista en el añejo tema, oí que el masculino dijo, a manera de sentencia después de la verborrea laudatoria, que a los ancianos debemos darles un espacio mayor de participación dentro del grupo familiar porque en el fondo los queremos. ¡Oye tú!, así mismo, sin maquillaje: ¡en el fondo! Según ese tipo, hay que tener buena preparación física, mental y tecnología de punta para querer a un anciano porque hay que sumergirse hasta las profundidades oceánicas para llegar allí, aunque el anciano sea tu propia madre, o tu padre. No obstante, quizá la referencia era al fondo de una botella. En ese caso habrá que vaciarla primero para llegar allí. Es decir que el castillo matinal era de naipes y la vara de tumbar gatos que semeja ese conductor de equipos pesados lo desplumó de un lenguazo. Supe además que la vieja con colorete con la que él habló, es psicóloga – en presente porque supongo que todavía esté viva – por referencias de otro espectador, en tercera fila. Y es que el exégeta tumbador de gatos la trató de: Doña, mientras con ella habló. Jamás utilizó los términos de psicóloga, licenciada ni especialista. Y si lo hizo fue mientras me perdía en la ciudad entre las persianas de una ventana. Con estos truenos, en esta comarca proclive a la violencia de género y número, ahorita comienzan los linchamientos de ancianos. Y es que no cualquiera tiene fuerzas ni un balón de oxígeno a mano para nadar hasta lo insondable y encontrar, en el fondo, el amor y el respeto que merecen los ancianos. Tal vez lo encuentren, con irrisorio gasto de energía y recursos, aquellos que apenas deban vaciar una botella. Digo yo.