martes, 21 de mayo de 2013

La única frase convincente.


 
La única frase convincente.

      En estos últimos días algún que otro escándalo bananero se ha destapado por acá. Los motivos: algo que se me escapa relacionado con no sé qué cosa de una carretera, el viaje de Obama y un vuelo a Perú de la presidenta de la república, supuestamente en el avión de un narcotraficante. Partiendo de ese trío de ases, la ejercitación constante y tumultuaria de las cuerdas vocales en sitios públicos ha tomado magnitudes dantescas, diría yo por el aquello de la Divina Comedia. El caso es que el revolico me ha hecho desempolvar unas palabras escritas por Virgilio Piñera en su novela Pequeñas maniobras: en medio de sus rugidos y de sus espumarajos de rabia pronuncian frases inconexas: “derechos conculcados”, atropello sin nombre”, “morirse de hambre”, acusaremos”, “mataremos”, “moriremos”. Bien dicho: moriremos. Es la única frase que me convence.

lunes, 20 de mayo de 2013

La guardarraya y la nube de polvo.



La guardarraya y la nube de polvo.
      La verdad suele semejar una guardarraya, una en la que en algún momento el polvo del camino nubló de tal forma el horizonte que no dejó más remedio que acudir al título nobiliario de sapiens para, acaso inconscientemente, fabricar un mundo posible al otro lado de la nube de polvo. Sucede que siempre hay ocasión para rebasar el nimbo. El drama llega cuando superamos la nube y encontramos al otro lado un mundo que no coincide con el imaginado. En ese caso hay dos caminos: o aceptamos la realidad, o fabricamos otra nube, una que nos permita seguir creando mundos que no son tales. Si después de leer este enlace, algo que no forma parte de su verdad, ni de la mía, sino que se digiere acaso como un objeto inamovible, como una piedra, pretende usted alegar la presencia de otra nube, sepa que también deberá reinventar la realidad del otro lado.       

domingo, 14 de abril de 2013

Vene/zuela/nas.


 
Vene/zuela/nas.
         Tomando en cuenta que Nicolás el plátano Maduro tenía a su favor el impulso inercial que le dejó el aleteo, el trino y el picoteo del pajarito sobre su ya familiar anatomía de musácea, tomando en cuenta además que un batallón de decenas de miles de cubanos de aquellos que al diablo venden el alma, las nalgas, a cambio de cuatro pesetas cuando no a cambio de 4 miserables calderos de cocina, se dedicaron durante días, meses, años, a hacer metástasis por la geografía venezolana con el único, infame, servil propósito de servir al “aparato” oficial venezolano de comisarios políticos de barrio y barricada; esa victoria dudosa y pírrica – por diferencia de menos de un punto porcentual – del banano con apellido comestible, más que victoria, derrota fue.

 

domingo, 7 de abril de 2013

La paja ciclópea.



La paja ciclópea.
         A ver si con esto del “pajarito” a Maduro finalmente le da por hacer carrera. Que entre sus múltiples, trascendentales funciones como empleado del metro de Caracas, los sindicatos, la verborrea, nunca fue mucho el tiempo que le sobró para ocuparse de asuntos, digamos, menos profundos. En fin, que justamente por eso está donde está en el momento que está. Pero nunca es tarde para meterle un montón de conceptos extravagantes a la cabeza: ornitológicos, por ejemplo.   
 
 

 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Patria: concepto.


 
Patria: concepto.
       
          Veintiocho kilómetros en bicicleta por la Carretera Central de una isla, catorce de ida y catorce de vuelta, un día sí y otro no, bajo un sol que se vierte como plomo derretido, bajo una lona de nubes, bajo la lluvia; soportando unos calores tan gruesos como el tronco del algarrobo, una canícula de comentario y agobio, un frio más irreal que digno, una impotencia más concreta que visual. Veintiocho kilómetros – catorce de ida y catorce de vuelta – en bicicleta, un día sí y otro no, por la carretera central de una isla, desgastando con los ojos el entorno, con la famélica experiencia la esperanza de revertir los códices, con la rutina la vida. Veintiocho kilómetros por la carretera central de una isla, en bicicleta, catorce de ida y catorce de vuelta, vaciando los huesos en los odres del pensamiento, la telúrica impotencia en una calma chicha, las ganas de renunciar al trayecto en ese litro de leche-testimonio que necesita tu hijo para sobrevivirte y que aparece un día sí y otro no, a catorce kilómetros de distancia.

jueves, 14 de marzo de 2013

Culinarias.


Culinarias.
        Ya tenemos papa en la sartén del Vaticano. Y en la olla de presión sudamericana dice Nicolás Maduro, plantilla del metro de Caracas y hoy jefe de gobierno en Venevisión, que probablemente no podrá tutankamearse el cuerpo de Hugo Chávez. Según aquel que apellido de fruto a punto de dentellada tiene, sería una verdadera lástima, pues no solo la real familia pidió la mortificación eterna del difunto, sino que hubo solicitudes con intención similar – incluso por escrito, con folio seco y extensísima firma de media página, como corresponde – emitida por alguno que otro entre los mandatarios presentes en el velorio presidencial. Digo yo que si alguno entre los allí presentes se atrevió a pedir semejante cosa, sería porque alguien más no se atrevió a tanto. A una, otra. Digo yo. Y si Maduro tomó la guardarraya del disecado fue porque le dio la gana, porque así lo quiso él; así es que ahora no venga con cuento chino, con esa impronta de locutor de radio complaciendo peticiones. De todas formas, dado que al parecer le quedaba grande la camisa de cobrador en el metro de Caracas, tal vez en el cargo de locutor de radio le queda mejor la ropa que en el que ahora ocupa. Y creo que Maduro ya se dio cuenta.

domingo, 10 de marzo de 2013

Anecdóticas.



Anecdóticas.
         Durante 5 meses, entre noviembre 2006 y abril de 2007, fecha de mi segundo salto al vacío, viví en Venezuela. Alguna que otra vez hice estancia en Caracas, casi siempre estuve en la ciudad de Barinas, estado homónimo. Fueron los días, las noches, las semanas de la peor canícula que he sufrido en la vida. Por primera y única vez sudaron mis pies. Ya sentenciada la tarde, salía a caminar hasta un céntrico parque ajedrecístico. Al regresar a casa en el humilde barrio El Cambio, me quitaba los zapatos con la misma premura con la que intenta deshacerse aquel que se quema  de un objeto hirviendo que se le impregna a la piel. Y exprimía las medias como acabadas de sacar de un cubo de agua. A esa hora tardía le nacía a las calles de Barinas una bruma caliente de sentido opuesto que nacía en el pavimento y las aceras y se elevaba metro y medio sobre el suelo. Los llanos de Venezuela son un caldero de agua hirviendo que no se agota. Horrible aquello. Sentía que me cocinaban a fuego lento, como el clásico puerco que se va dorando al vapor de los carbones que forma la leña. Caso curioso, en la acera de enfrente al lugar donde vivía, justo frente a la casa, había un prostíbulo (con tan noble dinámica laboral que de haberlo conocido Chaplin en su momento, habría reinventado a tiempo las secuencias maquinales de “Tiempos modernos”) y contiguo a este, “haciendo esquina”, una iglesia de recia raigambre católica, apostólica y romana. En esas kilométricas caminatas por las calles de Barinas, más de una vez disfruté de la confianza y el poco recato de las iguanas que saltaban a mis pies, desde los árboles que flanqueaban las avenidas, y media cuadra me acompañaban hasta que otro árbol se les antojaba como buen refugio. Justo sobre la ruta de la más suntuosa de las avenidas de Barinas (Ave. Barinas, si mal no recuerdo) y separada de aquella por una manzana que ocupaba (y supongo ocupa) un espeso parque, estaba la mansión del padre de Hugo Chávez, alcalde de la ciudad. Era otra manzana completa. De la casa apenas se veía la techumbre de los pisos altos porque los muros estilo muralla china que la rodeaban abrían la rambla solo al paso mental, a las conjeturas, a la imaginación del paseante cándido. Solía la gente saber de la presencia del patriarca de los Chávez en la ciudad, no solo por aquel ostentoso cerco de cemento o los discursos que recitaba en cualquier rincón de Barinas – su personal universo – sino además por el paso más chévere de la caravana de Hummers o Fords Expedition – según antojo – que lo delataba. Así de irónicos suelen ser los contrastes, los antagonísmos, incluyendo los materialmente ideológicos. Ahí va el padre de Chávez, le decía o me decía Rolando, un amigo cubano (hoy en Nueva York) con el que tanta tristeza compartí allí, cuando veíamos pasar la caravana. Más de una vez vi la ringlera de lujo entrar al bunker ¡Y había que oír la verborrea de aquel señor!: desde el do hasta el si, desde el amor al prójimo hasta el rechazo al capitalismo salvaje y la humildad, el pentagrama completo de los ambidiestros de la izquierda pública y la derecha privada. Cualquier cosa que “sonara” lindo al oído y pudiera hacer metástasis hasta el cerebro podía escuchársele, y lo que no se escuchaba se sugería, para dejárselo a usted de tarea, si en algo más importante no tenía que pensar. Pero no era mi caso. Ahora, tras la muerte del hijo predilecto, es posible que al padre de Chávez le bajen no solo los humos, sino también los muros. Tal vez hasta lo bajan del Ford Expedition, y del Hummer.