miércoles, 13 de julio de 2011

En el Tíbiri Tábara.

En el verano de 1930 los padres de Daniel Santos se trasladaron de Puerto Rico a Nueva York. Para ese entonces, el futuro guarachero (y bolerista) ya tenía claros – por aplicación – los conceptos de mal ambiente y mala vida. Antes del cambio de ribera, el muchacho se ganaba la vida en el barrio Trastalleres, Santurce, Puerto Rico, haciendo cualquier cosa a cambio de cualquier cosa. Lo mismo vendía aguacates, huevos, ron clandestino, hielo o carbón, que chuleaba a las mujeres, robaba, barría calles o destapaba cloacas. Cuando en 1932 el compositor boricua Pedro Flores lo descubrió, Daniel Santos ya tenía un prontuario policial interesante. Para el sello Decca grabó en esa época sus primeras piezas: Borracho no se vale, Yo no sé nada, Olga y Linda, entre otras. En 1941 cinceló en el éter un bolerón que lo inmortalizó: Despedida. Al año siguiente tiró abajo el Waldorf Astoria con la orquesta d Xavier Cugat, pero llegó la guerra a esa orilla y lo obligaron a alistarse en el ejército de los Estados Unidos. Borracho, drogadicto, bandolero y mujeriego eterno, no soportó la disciplina militar y terminó aplicando en vida lo que Hemingway escribió en Adiós a las armas: fuga y deserción. Fue capturado y cumplió castigo en Hawaii. En 1946 estaba de vuelta en Nueva York. Era ya leyenda viva cuando comenzó a cantar con la Sonora Matancera. Daniel ganaba 1000 dólares al mes y 25 centavos los músicos de la Sonora, y tuvo que poner dinero de su bolsillo para enderezar el salario de sus compañeros de fórmula. En esas estuvo hasta que la Orquesta negoció un contrato por 25 dólares al mes para cada integrante. Caminaba a paso doble el año 1948. Desde ese entonces y mientras respiró, se paseó, cantó y escandalizó por América y media. En la cárcel durmió más de 100 veces. En 1959 Daniel Santos levantó su voz a favor de Fidel Castro y la Revolución Cubana, pero no lo hizo por convicción ni postura de gallina ideológica; lo hizo porque el engaño no era perceptible en ese momento. Alguna vez dijo: Yo no creo ni en la luz eléctrica. Aquí debajo, una pieza de Daniel Santos, con la Sonora Matancera.


jueves, 7 de julio de 2011




Al mediodía con Lore.

Ayer al mediodía, como de costumbre, Lore se sentó a dibujar con tal embeleso y concentración que daba la impresión que le iba la vida en ello. Fue un dibujo austero, infantil, diría yo que clásico para una niña de su edad y presiento que pintora no será. Pero la magnitud del acontecimiento no estuvo en su pueril diseño floral, estuvo en las preguntas que después, en ráfaga, me soltó: ¿Papi, este dibujo pudiera ser superior a El grito, de Munch? ¿Cuál de los dos es más disfrutable? ¿Cuál de los dos es mejor? ¿Por qué si aquel es eterno, el mío no? Mi hija disfruta de los placeres estéticos y muestra una sensibilidad, una capacidad de arrobo frente a cualquier expresión artística, creo yo que poco común para su edad. Se interesa por las historias sobre la vida y obra de escritores, pintores, cineastas, músicos, fotógrafos, escultores. Le gusta ir a Wendy´s, a comer pizzas y a tomar helados de chocolate, pero también le gusta visitar museos. Ya leyó una versión, para jóvenes, de El Quijote. Escribe cuentos, relatos coherentes con inusual riqueza de lenguaje. No es un freak, un suceso paranormal, ni un genio de último minuto. Juega con sus muñecas y amigas, ve las películas para niños y de vez en cuando lee las traducciones en subtítulos de las que ven los adultos. Desarrolla tramas orales con notable capacidad como ventrílocuo sin perder el hilo de sus ficciones, y algo muy importante: conserva la necesaria ingenuidad que debe tener a sus brevísimos ocho años de vida. Sé que cualquier cosa puede suceder, que mi hija apenas comienza a descubrir y describir el mundo y quizá termine vendiendo tiquetes de entrada para llenar estadios en partidos de futbol. De ser así, si algo puedo pedir para ella, será que lo disfrute. No obstante, por la ruta que la veo desplazarse, presiento que cierta consternación existencial que ya la habita comenzará a insinuarse con mayor fuerza en algún momento no lejano, y de ser así, espero que sepa encaminarla y aprovecharla a su favor. Si las huellas y palpitaciones de su pensamiento y del músculo que late en su costadito izquierdo la mantienen sobre el derrotero por el que trepa hoy, ojalá logre mi Lore llegar hasta la plenitud de su intelecto y exteriorizarlo de creativa manera aunque la felicidad aparezca, si acaso, como una duda razonable.


P.D: en las imágenes: el dibujo de mi hija y El grito, de Edvard Munch.

lunes, 4 de julio de 2011



¿Tiene una relación muy personal con Dios?

Tengo una relación muy personal con Dios. Titular habitual en cualquier diario de la comarca. Esta vez corrió la tinta de imprenta para embarrar la plana ¡¿cultural?! del periódico La Nación – el más importante en esta provincia centroamericana – con las palabras al viento de un fulano salvadoreño, un presunto cantante de no se sabe bien qué, cuya cédula de identidad y huellas dactilares le emparentan con un tal Álvaro Torres. Del titular no pasé, porque es obvio que para sandeces con las que salen de los maullidos del gato de mi hija ya son suficientes. De hecho, es más personal la relación que tengo con ese gato, que la que pueda tener aquel cordero con su non plus ultra. Sería bueno preguntarle en que se apoya la personalización de su relación con algo absolutamente impersonal e impalpable, e inexistente para mí. Tomando su guardarraya devocional podría yo decir que tengo una relación muy personal, por ejemplo, con el olor de los libros; un ciclista profesional podría decir que tiene una relación muy personal con las líneas discontinuas del pavimento, un chofer con las curvas de la carretera, un ingeniero químico con el hidrógeno, un profesor de secundaria con el escándalo de los alumnos dentro del aula, un catedrático de la lengua con el modo subjuntivo, una gallina con los colores del arcoíris. Es evidente que al acto de fe, por definición, no se le piden pruebas, argumentos, hipótesis ni teorías para apuntalarlo, pero lo peor es que ni siquiera se le piden neuronas.

viernes, 1 de julio de 2011



Crónicas martianas (de Montmartre)

Un día sin nombre del año mil novecientos sesenta y dos, en Barcelona y sin mucho que hacer en la oficina, el poeta, editor y director de la Editorial Seix-Barral, Carlos Barral, para entretenerse con algo, decidió pasar la tarde ojeando al azar algún que otro ejemplar de novela infecunda, de aquellas que nacen impetuosas, día tras día, en el cerebro bullente y en las cuartillas de los noveles escritores, para morir en las Editoriales. Leía dos páginas y comparaba el texto con la nota desahuciante del encargado de hacer funcionar el filtro. Coincidía. Coincidía. Coincidía. Tomo el folleto del cuarto, o el quinto, o era el sexto texto de la tarde – ya con el epitafio detritus literario – y fue entonces cuando llegó la conmoción. Leyó dos páginas del final de La morada del héroe, le gustaron, leyó dos páginas de “la tripa”, también le parecieron buenas, leyó dos páginas cercanas al comienzo del libro y comenzó entonces por la primera palabra. Soltó la novela dos días después, cuando leyó el último vocablo. Hay una buena historia en este libro, bien contada, con fuerza e incluso con ciertas transgresiones. Más o menos algo así pensó Carlos Barral. Y a continuación la pregunta dúplex que llega por precipitación: ¿Quién es este hombre? ¿Mario Vargas Llosa? Tengo que localizar inmediatamente a este tipo. Un par de semanas después Carlos Barral tocaba a la puerta de la buhardilla donde Mario Vargas Llosa mal vivía en París, tableteando como un poseso sobre las teclas de su vieja Remington, de espaldas a la colina y los jardines de Montmartre, pero de frente a la eternidad literaria. Por un laberinto de escaleras se llegaba hasta el minúsculo aposento del joven escritor, y convocado por un laberinto de sensaciones premonitorias llegó hasta allí Carlos Barral. Hablaron, se conocieron mejor, y un año después, aquella novelucha descartada se editaba (terminaciones ada-aba, si fueran dos versos se formaría una no invitada rima asonante) con el nombre La ciudad y los perros, y de paso, se llevaba el Premio de la Crítica en España y el Premio Novela Breve de la mismísima Seix-Barral. Según Carlos Barral, quién mantuvo hasta su muerte una intensa amistad con Vargas Llosa, el peruano no admitía en sus años mozos distractores extraliterarios de ninguna clase cuando de enfrentarse a la cuartilla en blanco se trataba. Cuenta el poeta y editor que cierto día, de paso por París, cansado, se llegó hasta la buhardilla de Vargas Llosa para descansar allí. Mientras dormitaba en un pequeño recinto contiguo a la habitación donde escribía el peruano, escuchó llegar a una mujer. Al rato oyó que Mario le decía a la dama desconocida: vístete que te vas a resfriar, ahora no puedo, estoy trabajando. Y un minuto después sintió el tremendo portazo que estremeció las raíces históricas de Montmartre. Así era ¿aún es? Mario Vargas Llosa, El Cadete, según mote que el escritor mexicano Carlos Fuentes – otro conquistador latinoamericano de París – le enganchó al peruano, quién por su aspecto parecía más un actor de Pelimex que un escritor sudamericano. Es evidente que, aunque no se lo dieron pública ni oficialmente, ese día del trancazo a la puerta, Mario Vargas Llosa, ¡apenas con 27 o 28 años!, se llevó el Premio Nobel a La Contención frente a La Tentación. Y no es que Vargas Llosa sea el incansable compañero de Luigi en la consola del –fíjese bien como lo voy a escribir – pleiestéichon, es que simplemente Mario Vargas Llosa no es cubano. Si para recibir un Premio Nobel de Literatura, para que una obra literaria muestre cotas de grandeza y perfección eternas, hay que revelar semejante nivel de entrega y renuncia, simultáneamente, en momento como ese; sospecho que entre los escritores nacidos en tierra patria ninguno viajará a Estocolmo con ese encargo. Cuando en 1967 La casa verde ganó la primera edición del Premio Rómulo Gallegos, ya Vargas Llosa no vivía en la buhardilla metropolitana, no tenía que cortar a media cuartilla y a media noche el tableteo de la Remington por los golpes acusatorios que con el palo de la escoba daba en el entablado Anne Phillips, su vecina de los bajos; ni tenia que, para comer, cortar un pan en tantos pedazos como migajas tuviera. Eran aquellos, tiempos de amistad entre V.Llosa y García Márquez, años parisinos en los que, cada uno por su cuenta y sin contubernio, descubrieron a los dos únicos franceses no tacaños que ha conocido la historia humana; relato que bien merece otra cuartilla Microsoft Word, pero por hoy, con una y mitad de otra es suficiente.

P.D: En la fotingrafía, Mario Vargas Llosa y Carlos Barral, pasando la borrachera, subidos en un camello en Las Palmas, Gran Canaria, después de una orgía tumultuaria con 4 mujeres (cada uno).

martes, 28 de junio de 2011

De película (s)

Descontando a Carlos Gardell, dichoso aquel para quien veinte años sean, si acaso, nada. Hace veinte años tenía yo veinte años y en aquel pasado no tan reciente para una vida humana, vi en el cine Yara de La Habana, por primera vez, El lado oscuro del corazón. Si a la distancia mal no recuerdo fue en un Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Rampa arriba y Rampa abajo chancleteaba aquellas cuadras decembrinas del Vedado habanero con dos o tres buenos amigos con los que compartía aposentos y bacanales en la beca universitaria de 12 y Malecón. Pero no fue junto a ellos que vi la película, si no en compañía de Gina – Machado y Pérez – mi novia en aquel pretérito imperfecto, porque se disfrutaba in extenso, a pesar de las carencias materiales de todo tipo. Riviera, Payret y el provinciano cine Lajero, de San José de las Lajas, fueron otras de las salas oscuras cuyas butacas reconocieron la prolongación de la espalda de este amanuense – porque nalgas nunca tuve – cuando rodaron por las zanjas de las ruedas de sus proyectores, en años siguientes, las cintas de la película de Eliseo Subiela. No creo que las fiebres que en su momento despertó en mí El lado oscuro del corazón, sigan tan altas como entonces; que no en vano los años pasan, y nuestro perfil estético se reacomoda con otras fuentes y de otras maneras. O quizá sea que la película envejeció, al menos para quien era tan joven cuando ella nació. Lo cierto es que ahora mismo considero más vigente otra película de Subiela, anterior incluso al El lado oscuro del corazón, y es Hombre mirando al sudeste (1986), cinta de culto para mi madre y plagiada generosamente en 2001 por una versión hollywoodesca: K-Pax (Kevin Spacey, Jeff Bridges) De todas formas, El lado oscuro del corazón sigue siendo, todavía hoy, una película sensible y además, jóvenes de veinte años siempre habrá para que se deslumbren con ella. La actuación de Darío Grandinetti aporta una dosis alta a la capacidad de estremecimiento del filme, y es que sus interpretaciones de los textos poéticos son sencillamente antológicas. El poeta no obligatoriamente necesita ser un buen lector de poesía, con escribirla le alcanza para salvarse. Pero siempre hay excepciones. Por citar dos ejemplos: Mario Benedetti era un excelente lector de su poesía, el poeta cubano Juan Carlos Valls, también lo es. Y Darío Grandinetti semeja ser un poeta en toda la línea no solo por su manera de exteriorizar los textos de la película (Juan Gelman, Oliverio Girondo, Mario Benedetti), sino además por su manera de asimilarlos, de creer en ellos. Para no cansar, ya coloco debajo de estas líneas un fragmento de El lado oscuro del corazón, y los magnos minutos finales de Hombre mirando al sudeste, con el mejor soundtrack posible e imaginable para ese fragmento concluyente de la película: el último movimiento de la 9na Sinfonía de Beethoven, la Oda a la Alegría de Schiller convertida por el compositor en festejo perenne para el espíritu.